REFLEXIÓN - NARNIA Y EL LEÓN ANDRÓGINO
NARNIA Y EL LEÓN ANDRÓGINO
«Una obra menor, con una reinterpretación aún menor.»
Narnia, aunque no soy particularmente aficionado a ella, es un clásico. La considero una obra menor* cuando se la compara con obras maestras como El Señor de los Anillos o El Progreso del Peregrino, y con los respectivos universos que sus autores construyeron. Esto, sin embargo, no disminuye su importancia histórica ni concede licencia alguna para que una reinterpretación cinematográfica trate su identidad y su trama como materia prima desechable.
Y debo hacer una salvedad importante: considero a Meryl Streep la mejor actriz de su generación. Precisamente por eso, su elección para el papel no es el problema. El problema está en lo que están haciendo con Aslan y con la identidad simbólica del personaje.
Aslan no es simplemente un animal que habla. En él convergen una construcción imaginativa, literaria y teológica cuidadosamente elaborada por C. S. Lewis. Su presencia, su lenguaje, su majestad y su representación cumplen una función dentro de la arquitectura simbólica de Narnia.
Y entonces surgen las preguntas inevitables: ¿escamas, pelaje y plumas? ¿De todos los colores imaginables? ¿Aslan encarnando toda la diversidad? ¿Una voz femenina? ¡Solo faltaron las lentejuelas y la purpurina!
La ironía reside precisamente en esto: cuando una obra necesita ser remodelada continuamente para adaptarse a una agenda estética, cultural o ideológica contemporánea, existe el riesgo de que termine desapareciendo aquello mismo que hacía singular a la obra. Una adaptación puede interpretar; puede actualizar el lenguaje cinematográfico; puede añadir elementos; incluso puede discrepar de determinados aspectos del texto original. Pero existe una diferencia entre (re)interpretar una obra y utilizar su prestigio como vehículo para transmitir un mensaje diferente.
Despreciar la obra original de Lewis es un completo absurdo. Si lo que se quiere explorar es esta temática, entonces créense los propios personajes y la propia ficción. No sean ladrones de símbolos.
Hay algo intelectualmente más honesto en la creación que en la apropiación. Si alguien desea construir una fantasía en la que animales antropomórficos representen una determinada concepción de la diversidad, en la que las identidades de los personajes sean deliberadamente reconstruidas o en la que los símbolos tradicionales sean resignificados, existe plena libertad creativa para hacerlo. Creen sus propios mundos. Creen sus propios personajes. Creen su propia mitología y su propia alegoría.
Esta versión de Narnia tendrá mucho de la directora Greta Gerwig y de David Bowie, y muy poco de C. S. Lewis, de sus valores e ideas y del universo ficticio que él creó.
* Mis críticas al universo de Narnia no disminuyen en modo alguno la importancia teológica y literaria de Lewis. Simplemente expresan una percepción estética personal acerca de lo que considero una mezcla excesiva de elementos, el tratamiento apresurado del material y su alegoría cristiana, que, desde mi perspectiva literaria, es inferior (y la de Tolkien también). Sin embargo, considero de manera diferente otras obras del mismo autor.
